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Tres años de la intervención «clave» de Rusia en la guerra civil siria

Publicado el 24/09/2018

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Tres años de la intervención «clave» de Rusia en la guerra civil siria

El próximo domingo se cumplirán tres años desde que el presidente Vladímir Putin decidiese intervenir en Siria en ayuda de Bashar al Assad, que estaba entonces totalmente contra las cuerdas. Queda sólo por liberar el bastión rebelde de Idlib, situado al noroeste del país y fronterizo con Turquía, pero su recuperación se hará esperar tras el acuerdo alcanzado la semana pasada en Sochi entre Putin y su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan.

Putin aceptó suspender el asalto final al Idlib debido a las presiones de la comunidad internacional y, sobre todo, de Turquía. Pero Moscú espera que Ankara actúe ahora con mayor resolución contra los grupos yihadistas y modere a sus milicias aliadas para lograr que el enclave no sea un peligro ni para Assad ni para las dos bases militares que Rusia tiene en Latakia, la naval de Tartús y la aérea de Jmeimim.

De que se consiga o no este objetivo depende que continúe el actual entente entre Rusia y Turquía, condición fundamental para la buena marcha de la operación hacia la victoria final en Siria y hacia la apertura definitiva de un proceso político en el que Assad, como desea el Kremlin, juegue un papel central.

Un nuevo elemento inquietante e inesperado, aunque no por eso totalmente imprevisible, ha sido la enrarecida atmósfera que ha generado entre Rusia e Israel el derribo, el pasado martes frente a las costas de Latakia, de un avión de reconocimiento ruso Iliushin-20 por misiles sirios S-200.

El Ministerio de Defensa ruso volvió ayer a culpar a Israel del incidente , ya que, según el portavoz castrense, Ígor Konashénkov, uno de los cuatro cazas F-6 israelíes que participaban en un bombardeo contra instalaciones del Ejército sirio en Latakia «se parapetó detrás de nuestro Il-20 y el sistema antiaéreo lo detectó como enemigo».

Negligencia criminal
«Los datos objetivos presentados hablan de falta de profesionalismo o, como mínimo, de negligencia criminal de los pilotos de los cazas israelíes, cuya acción produjo la muerte a 15 militares rusos», aseguró Konashénkov el domingo. A su juicio, Israel «incurrió en una clara violación del acuerdo ruso-israelí del 2015 para la prevención de este tipo de situaciones en Siria». El portavoz de Defensa cree además que Israel puso en peligro el tráfico en la zona de aviones comerciales. Israel declinó ayer comentar las palabras de Konashénkov, pero sigue negando su culpabilidad.

Pese a los evidentes vínculos existentes entre Moscú y Damasco, ya desde la época soviética, y a la existencia de indiscutibles intereses rusos en Siria, Putin estuvo mirando para otro lado durante cuatro años. La guerra civil en el país árabe comenzó en 2011 y en 2015, cuando Assad estaba completamente acorralado y había perdido el control sobre más de dos tercios de su territorio, Rusia de repente decidió intervenir.

Rusia, gran potencia
Los analistas coincidieron entonces en señalar que debido a que la anexión de Crimea y la ayuda militar a los separatistas del este de Ucrania había dañado la imagen internacional de Rusia, además de provocar un rosario interminable de sanciones, la mejor forma de desviar la atención y tratar de recuperar el prestigio perdido era demostrando que Moscú colabora en primera línea para erradicar a grupos terroristas tan atroces como el Daesh y el Frente al Nusra (filial local de Al Qaida). Corrían por las televisiones mundiales terribles escenas de decapitaciones y torturas de verdugos del autoproclamado Estado Islámico. Putin retomaba así la iniciativa, reafirmaba el papel de Rusia como gran potencia y evitaba la caída de un nuevo dictador, algo que parece producirle alergia después de lo visto en Irak con Saddam Hussein y en Libia con Muammar Gaddafi.

Tras una fase preparatoria que había comenzado en agosto, el 30 de septiembre de 2015, Rusia lanzaba sus primeros bombardeos contra posiciones yihadistas, aunque después quedó patente que los ataques masacraban también a muchos grupos de la oposición a Assad considerados moderados. Y es que Putin nunca ocultó que su objetivo en Siria, además de la cacareada lucha contra el terrorismo, era «estabilizar» el régimen «legítimo» de Assad. Tres años más tarde, Rusia tiene más cerca que nunca culminar con éxito su intervención militar.

El mes pasado, el Ministerio de Defensa ruso distribuyó mediante un vídeo el primer documento pormenorizado sobre la participación de las Fuerzas Armadas rusas en el conflicto sirio y el número total de efectivos que han estado destinados en el país árabe desde el 30 de septiembre de 2015, que asciende a un total de 63.012. Esa cifra de militares rusos «han tenido experiencia de combate en Siria», subraya el informe, que eleva el número de generales a 434 y a 25.738 el de oficiales.

Retirada no cumplida
Putin ha anunciado hasta tres veces la retirada de sus tropas de Siria, pero en los tres casos han sido gestos propagandísticos dirigidos más bien a intentar tranquilizar a sus compatriotas, preocupados con el excesivo gasto militar cuando hay otras urgencias en el país. Al final, el presidente ruso tuvo que reconocer que sus soldados permanecerán en Siria «mientras su presencia resulte beneficiosa» y no ha vuelto a concretar ninguna nueva fecha para su repatriación.

El Ministerio de Defensa ruso sostiene que sus aviones llevaron a cabo más de 39.000 incursiones contra objetivos en territorio sirio, aniquilando a más de 86.000 terroristas y destruyendo cerca de 121.466 instalaciones pertenecientes a los insurgentes. El conflicto ha permitido experimentar al Ejército ruso 231 tipos diferentes de armamentos.

Los aparatos más utilizados en las operaciones contra los extremistas en Siria están siendo los Sujói, el Su-24M y el Su-25SM, capaces de transportar una cantidad significativa de municiones, principalmente bombas aéreas. Los aviones Su-30, Su-34 y Su-35 también realizan operaciones de combate destruyendo puestos de mando, campamentos y grupos de terroristas.

El logro más indudable del Ejército ruso fue el despliegue de la base aérea de Jmeimim, en Latakia, en tan solo un mes. En la base fueron construidos todos los dispositivos de apoyo material y de ingeniería para el grupo aéreo ruso. Los complejos de defensa aérea S-400, Pantsir-S1, Buk-M2, junto a otros sistemas, son empleados para la defensa de la base, mientras que los drones monitorean su territorio. También los helicópteros de ataque Mi-28, Mi-35 y Ka-52 se utilizaron ampliamente en Siria.

Ensayo de material militar
Por otro lado, las Fuerzas Armadas rusas han ensayado en Siria misiles Iskander y Kalibr, capaces de portar armas nucleares tácticas, también cohetes para equipar aviones de combate, los X-101, lanzaderas navales Bastión para golpear objetivos en la costa enemiga y casi todos los tipos de aeronaves que Rusia tiene en su arsenal. Han sido probados también los nuevos dispositivos de guerra electrónica, blindados de la última generación como el Taifún-K, robots de combate y para desminado, muy útiles sobre todo en Palmira.

Lo que se desconoce a ciencia cierta es el número de bajas que han sufrido las fuerzas rusas en estos tres años. Putin promulgó en mayo de 2015, en la víspera del comienzo de la intervención armada en el país árabe, una ley que prohíbe facilitar cifras de militares muertos en «tiempos de paz». Los datos que se manejan ahora mismo se refieren a los casos de muertes más sonados, de altos mandos o los dos pilotos abatidos. También el de los 15 tripulantes del Il-20 derribado la semana pasada. Algún otro caso se ha traslucido gracias a las declaraciones de sus familiares. Todos ellos suponen en torno a un centenar de bajas. Contando también los más de 200 mercenarios rusos del grupo Wagner, aniquilados el pasado febrero en Deir ez Zor, al noreste de Siria, en un ataque de la coalición internacional que lidera Estados Unidos, salen más de 300 muertos. Algunas ONGs elevan la cifra a 400 y otras creen que solamente en Deir ez Zor hubo 600.

Otro enigma es el costo real de la guerra en Siria para las arcas rusas. La editora británica IHS Jane’s calculó el año pasado que Rusia gastaba cada día en Siria entre 2 y 3,5 millones de euros. La única vez que Putin habló de cifras al respecto fue en marzo de 2016 y declaró que, hasta ese momento, se habían gastado 33.000 millones de rublos (más de 500 millones de euros según el cambio de entonces).

Hace justo un año, el diario económico ruso RBK publicaba su propio estudio, en el que elevaba la cantidad a 140.000 millones de rublos (2.050 millones de euros). El último cálculo lo hizo el partido opositor ruso «Yábloko» el pasado marzo y arrojaba una suma que podría oscilar entre los 172.300 millones y los 245.100 millones de rublos (de 2.300 a 3.270 millones de euros). Esto en mitad de una situación económica muy adversa para Rusia a causa de las numerosas tandas de sanciones impuestas por EE.UU. y la UE.

Mercenarios, instrumento de la guerra de Rusia en Siria
Rusia ayuda al régimen sirio con bombardeos de su aviación y de su fuerza naval. El personal miliar adscrito a la operación, por tanto, pertenece a la Fuerza Aérea y a la Armada. Rusia incluye en su dispositivo desplegado en Siria tropas para defender sus bases de Tartús y Jmeimim y mantiene unidades de la Policía Militar que actúan, según los casos, para ayudar en tareas de orden público en las localidades recuperados por el Ejército sirio o, como sucede en los Altos del Golán o Idlib, en misiones de observación y mantenimiento de la paz.

Oficialmente, Moscú no tiene fuerzas de infantería combatiendo en Siria, ya que las unidades de mercenarios de la llamada Compañía Militar Privada (ChVK en sus siglas en ruso) Wagner, según se ha venido repitiendo en los ministerios de Defensa y Exteriores, «actúan bajo intereses privados» y «no están vinculadas al dispositivo militar ruso» en Siria.

Se sabía de su existencia por las fotos colgadas por sus propios combatientes en las redes sociales, pero lo que les puso realmente a la luz fue el encontronazo que tuvieron con fuerzas estadounidenses el pasado mes de febrero en Deir ezzor, en donde sufrieron cuantiosas bajas. Este grupo lo creó el empresario conocido como el «chef de Putin», Evgueni Prigozhin, sancionado la semana pasada por Washington, junto con otras 33 personas y compañías, por sus vinculaciones con el Kremlin. Tres periodistas rusos fueron este verano asesinados en la República Centroafricana cuando intentaban investigar la presencia en este país del grupo Wagner.

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