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Faro sin luces
Hay símbolos que una ciudad no puede darse el lujo de tener apagados. El Faro a Colón es uno de ellos. No se trata simplemente de una mole de concreto levantada para impresionar al visitante.
Se trata de una referencia histórica, urbana, cultural y emocional de Santo Domingo Este y, por extensión, del país. Sin embargo, desde hace tiempo da la impresión de que su presencia física sigue ahí, pero su alma institucional se ha ido apagando poco a poco.
Lo primero que hay que decir con sentido de justicia es que el entorno no ha estado completamente abandonado. Las áreas verdes, en gran medida, han recibido atención del ayuntamiento. Se nota la mano municipal en la limpieza exterior, en el ornato, en el esfuerzo por evitar que todo luzca totalmente dejado a su suerte. Eso hay que reconocerlo. Pero una cosa es mantener el jardín y otra muy distinta es darle vida al monumento. Y ahí es donde empieza la verdadera oscuridad.
Porque el Faro a Colón no necesita sólo poda, pintura exterior y limpieza periférica. El faro necesita gestión cultural. Necesita visión museográfica. Necesita programación permanente. Necesita innovación. Necesita convertir su inmensidad en una experiencia viva, dinámica, útil y atractiva para la ciudadanía. Y eso no se logra con acciones aisladas.
Eso se logra cuando una institución entiende que administrar patrimonio no es custodiar ruinas, sino activar sentido. Hoy el faro parece un monumento grande con una gestión pequeña. Esa es la tragedia.
Tenemos una estructura monumental que pudo haberse convertido en uno de los grandes centros de referencia cultural del Caribe.
Pudo ser una plataforma educativa para estudiantes, un escenario internacional para exposiciones, un espacio de memoria moderna, un punto de encuentro para la identidad de Santo Domingo Este, un motor de turismo cultural y un emblema de innovación en la gestión del patrimonio. Pero no; ha predominado una mirada burocrática, lenta, rutinaria, sin imaginación y sin ambición.
Da pena decirlo, pero el faro ha sido reducido muchas veces a su dimensión física, como si bastara con que exista. Y no basta. Los monumentos, como las instituciones, también mueren cuando dejan de tener contenido, dirección y propósito. Se pueden mantener de pie y, aun así, estar apagados por dentro. Eso es lo que hoy transmite el Faro a Colón.
Está ahí, enorme, imponente, pesado, visible para todos. Pero sin una narrativa renovada. Sin un proyecto cultural realmente vibrante. Sin una propuesta tecnológica que conecte con las nuevas generaciones. Sin luces, no por falta de bombillas, sino por falta de ideas y falta de gestión.
Aquí no estamos hablando de cualquier espacio. Estamos hablando de un monumento que debió ser tratado como prioridad nacional. Un monumento así no puede seguir dependiendo únicamente de esfuerzos parciales, de voluntades dispersas o de acciones reactivas. Requiere conducción firme, inversión inteligente, criterio profesional y una visión moderna de uso público. Lo demás es sobrevivencia.
Lo más preocupante es que el faro podría irradiar actividad económica, dinamizar su entorno,y conectar cultura con turismo, Pero para eso habría que encenderlo de verdad. No sólo por fuera. También por dentro.
No basta con que el ayuntamiento cuide el césped si la institucionalidad cultural no logra encender el contenido. No basta con preservar la estructura si no se renueva su sentido. No basta con tener un monumento si se administra como una carga y no como una oportunidad.
Y esa ha sido, justamente, la gran falla. La gestión cultural, la infraestructura interior, la innovación, la capacidad de reinvención y la visión estratégica del Faro se han quedado sin luces. Mientras el entorno hace esfuerzos por sostener una apariencia digna, el corazón del monumento sigue esperando una sacudida seria, moderna y transformadora.

