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El «Madurismo sin Maduro»: Delcy Rodríguez toma el control de un chavismo acorralado por Trump
La captura de Nicolás Maduro no ha significado el colapso inmediato del aparato estatal venezolano, sino una mutación acelerada de su estructura de mando. Delcy Rodríguez, actuando con una frialdad política que ha sorprendido a propios y extraños, ha asumido la presidencia encargada bajo la bendición de un Tribunal Supremo de Justicia que se apresuró a declarar la «falta absoluta» del mandatario. Este movimiento busca evitar la desintegración del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y proyectar una imagen de continuidad institucional frente a una población que oscila entre el júbilo por la caída del líder y la incertidumbre por el despliegue militar estadounidense en las costas caribeñas.
La gran interrogante que domina los análisis de inteligencia es si Rodríguez podrá sostener este «gobierno de resistencia» o si su ascenso es solo una fachada para negociar una salida controlada con Washington. Las recientes declaraciones de Donald Trump, sugiriendo que la vicepresidenta ya mantiene diálogos secretos con el secretario de Estado, Marco Rubio, han inyectado una dosis de paranoia en las filas militares. Al presentarse como una interlocutora dispuesta a «hacer lo necesario», Rodríguez juega una doble partida: públicamente condena el «secuestro» de Maduro para mantener la lealtad de las bases, mientras en privado parece trazar los límites de una transición que garantice la supervivencia de la élite chavista remanente.
En el corazón de esta nueva estructura de poder se encuentra el control de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), liderada por Vladimir Padrino López. Hasta el momento, el alto mando militar ha cerrado filas en torno a Delcy Rodríguez, calificando la intervención estadounidense como una agresión soberana. Sin embargo, la lealtad de los cuarteles es el activo más volátil en el tablero actual; con Maduro y Cilia Flores en Nueva York, los generales enfrentan el dilema de sostener un régimen descabezado o negociar amnistías individuales antes de que la justicia estadounidense amplíe su radio de acción. La estabilidad de Caracas pende hoy del equilibrio entre el fusil militar y la astucia diplomática de los hermanos Rodríguez.
Desde el punto de vista periodístico y de impacto mediático, el ascenso de Delcy Rodríguez redefine los términos de la disputa por la legitimidad. Mientras María Corina Machado y Edmundo González insisten en que el mandato popular debe ser restituido de inmediato, la realidad operativa en el terreno muestra a un chavismo que aún controla los ministerios, las refinerías y los organismos de seguridad. Esta bicefalia política —un gobierno de facto liderado por Rodríguez y un gobierno legítimo reclamado por la oposición— crea un escenario de «empate técnico» que solo la presión económica total de Estados Unidos o un quiebre interno del ejército podrá resolver en las próximas semanas.
El factor Trump añade un nivel de imprevisibilidad que rompe cualquier manual de transición democrática tradicional. Al exigir «acceso total» a los recursos venezolanos y amenazar con nuevos ataques si el gobierno interino de Rodríguez «no se porta bien», la Casa Blanca ha dejado claro que no busca un diálogo de iguales, sino una capitulación tutelada. Esta postura agresiva ha forzado al chavismo a una «economía de guerra», donde el aprovisionamiento de alimentos y combustible se ha convertido en la prioridad para evitar un estallido social que termine de derribar lo que queda del Palacio de Miraflores. El mundo observa una Venezuela que, por primera vez en un cuarto de siglo, funciona sin la sombra directa de su caudillo.
Finalmente, el futuro de la estructura de poder en Venezuela se decidirá en el cruce entre la resistencia ideológica y el pragmatismo de supervivencia. Si Delcy Rodríguez logra estabilizar el país bajo su mando temporal, el chavismo podría intentar una transición administrada que postergue las elecciones generales. No obstante, con la presión de una Nueva York que ya prepara los testimonios de Maduro contra sus antiguos colaboradores, la cohesión del régimen es más frágil que nunca. El 2026 inicia con una Caracas en silencio, donde el poder ya no se ejerce con discursos de horas en televisión, sino con llamadas urgentes a medianoche y un ojo puesto en el horizonte, esperando el próximo movimiento de la potencia del norte.

