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La noche que cambió la historia: la Última Cena en Jerusalén
Hace más de 2,000 años, en un pueblo antiguo de Jerusalén, doce hombres se sentaron alrededor de una mesa en la noche que cambiaría la historia del mundo.
Entre ellos estaba Jesús, el Maestro y líder de aquel grupo, consciente de que ese sería su último encuentro con sus discípulos antes de la pasión y la muerte.
Era la celebración de la Pascua, la fiesta en que se conmemoraba la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud.
Jesús había enviado a dos de sus discípulos a preparar el lugar donde se reunirían, y cuando llegó la hora, todos se reclinaron a la mesa para compartir pan y vino, símbolos que Él transformó en un mensaje eterno de amor y sacrificio.

Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y dijo: “Tomad y comed; esto es mi cuerpo”. Luego, tomando el cáliz, añadió: “Bebed de él todos; porque esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para el perdón de los pecados” (Mateo 26:26-28).
Durante la cena, Jesús habló con solemnidad y amor, anunciando que uno de los presentes lo traicionaría.
Y así ocurrió: más tarde, Judas Iscariote se acercó a Jesús y lo entregó con un beso, señalando a los guardias quién era el Maestro (Mateo 26:48-49). Ese acto, simple en apariencia, desató los eventos que llevarían a la pasión de Jesús.
Jesús también lavó los pies de sus discípulos, enseñando que el verdadero liderazgo es servir con humildad y que el amor al prójimo debe ser más fuerte que el poder o la autoridad.

Profetizó que algunos le negarían, pero que su sacrificio abriría un camino de salvación para toda la humanidad.
Hoy, en Jueves Santo, los cristianos de todo el mundo recuerdan aquella Última Cena, el momento en que Jesús instituyó la Eucaristía y dejó una lección de entrega, humildad y esperanza que perdura hasta nuestros días.
Cada pan partido y cada cáliz compartido simbolizan su cuerpo y sangre ofrecidos por la salvación del mundo, mientras el beso de Judas nos recuerda que incluso en medio de la traición, el amor divino permanece.

