![]()
Primer mes de Rodrigo Paz en Bolivia: giros diplomáticos, tensiones internas y promesas económicas por cumplir 🇧🇴
El nuevo gobierno de Rodrigo Paz cumplió su primer mes al frente de Bolivia, y su gestión ya marca un giro dramático en la política exterior y una sensación de aparente estabilidad económica, aunque sin tocar las reformas estructurales que reclama el país.
Desde el primer día, Paz lanzó un cambio radical de rumbo internacional: recibió delegaciones de Estados Unidos e Israel, países con los que Bolivia había mantenido relaciones tensas o nulas bajo administraciones anteriores. Al mismo tiempo, anunció que mantendría diálogo abierto con otras naciones, sin romper definitivamente lazos tradicionales.
En materia económica, la sensación de alivio ha llegado gracias a la normalización del suministro de combustible y a la disminución del dólar paralelo, lo que ha contenido la inflación y reducido presiones inmediatas sobre los consumidores.
Sin embargo, esa estabilidad es considerada por muchos analistas como frágil y engañosa, dado que no responde a cambios de fondo: la estructura económica sigue dependiente del gas natural, cuyos ingresos han disminuido considerablemente en los últimos años.
Las tensiones políticas internas tampoco han tardado en aparecer: el distanciamiento entre Paz y su vicepresidente ha sido tema recurrente en los debates, lo que genera incertidumbre sobre la gobernabilidad y la cohesión del nuevo Ejecutivo.
Paz asumió responsabilizando al gobierno anterior por dejar al Estado en un estado de abandono institucional: denunció serias falencias en documentación, instituciones vacías y falta de funcionamiento, lo que evidencia la magnitud del desafío de reconstrucción.
Pese a sus promesas de reformas, hasta ahora no se han implementado cambios estructurales profundos: los anuncios económicos han sido de corto plazo, orientados a aliviar urgencias, sin tocar problemas estructurales como la diversificación económica o la dependencia de exportaciones de hidrocarburos.
Este arranque deja en evidencia la tensión entre expectativas populares de transformación y la realidad institucional: el nuevo gobierno aparece con aplausos por su apertura exterior y alivios momentáneos, pero con un camino largo para consolidar cambios profundos. El país observa con cautela —y expectativa— si las promesas se traducen en políticas reales.

