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¿Quién gana cuando el periodismo pierde?
Por Néstor Estévez
Hay quien afirma que el periodismo ya murió. Para otros, simplemente está en crisis. Del muerto se dice que “con tierra tiene”. Pero si asumimos que solo está en crisis, la pregunta retadora es: ¿qué futuro le estamos construyendo al periodismo?
El periodista español Teodoro León Gross agitó el debate con su libro La muerte del periodismo. No es el primero en anunciar finales simbólicos: Friedrich Nietzsche habló de la muerte de Dios; Roland Barthes, de la muerte del autor; Francis Fukuyama, del fin de la historia. Pero lo que está en juego ahora es, sencillamente, un componente clave de la democracia.
León Gross sostiene que el periodismo ha pasado de ser “cuarto poder” a un actor secundario. Antes vigilaba al poder; hoy muchas veces lo acompaña. Antes ayudaba a entender la realidad; hoy compite por atención en un entorno saturado. Este proceso, que él describe como una “mediamorfosis”, no es solo un cambio tecnológico, sino una transformación profunda que afecta el papel social del periodismo.
Durante décadas, el periodismo se sostuvo sobre un equilibrio clave: era un servicio público que llegó a funcionar muy bien como negocio, sin perder su esencia como soporte democrático. Pero ese modelo se ha debilitado. La publicidad, que financiaba la independencia editorial, migró hacia plataformas digitales, dejando a muchos medios en condiciones precarias. Sin recursos, investigar se vuelve más difícil y la independencia se resiente.
A esto se suma la lógica de la economía de la atención. Hoy, el empeño no es necesariamente informar mejor, sino captar más clics. Por eso la información se ha convertido en entretenimiento. Ahora se apela a emociones intensas —miedo, rabia, indignación— porque eso genera más interacción. El problema es que emocionar no siempre es lo mismo que explicar.
En paralelo, la prensa ha perdido autoridad. Hubo un tiempo en que los medios orientaban la opinión pública. Hoy, esa influencia es más limitada. La confianza ha disminuido, y muchas personas consumen información sin distinguir entre fuentes confiables y contenidos dudosos.
Pero el cambio más profundo tiene que ver con la verdad. Vivimos en la era de la posverdad, donde los hechos pesan menos que las creencias. Las fake news —noticias falsas creadas para manipular— circulan con facilidad, sobre todo en redes sociales. En este escenario, el periodismo ya no es el único filtro: compite con rumores, opiniones y desinformación.
Los algoritmos refuerzan este problema. Están diseñados para mostrar lo que más engancha, no lo que mejor informa. Por eso, los contenidos más extremos o polémicos tienden a viralizarse. Cuando todo parece discutible y no hay acuerdos básicos sobre los hechos, la democracia se debilita.
Este panorama global tiene consecuencias concretas en países como la República Dominicana. En contextos donde existen tantos problemas por resolver, el acceso a información confiable es fundamental. La CEPAL advierte que las inequidades afectan la confianza en las instituciones y la convivencia social.
Cuando faltan medios locales fuertes, aparecen los llamados “desiertos informativos”: lugares donde nadie explica qué hacen las autoridades ni cómo se usan los recursos públicos. En esos espacios, crece la desinformación y se debilita la participación ciudadana.
Por eso, organismos como UNESCO insisten en que el periodismo libre, plural y seguro es esencial para la democracia. No se trata solo de contar noticias, sino de garantizar que las personas puedan entender y participar en las decisiones que afectan su vida.
Como es fácil apreciar, este no es un tema exclusivo para periodistas. Estamos hablando de algo que toca de manera preferencial al pueblo llano, pero también a toda la sociedad. Tiene que ver con cómo se informan las personas, cómo forman su opinión y cómo participan en la sociedad. Ser ciudadano hoy implica saber cuestionar lo que se ve en redes y en plataformas, verificar fuentes y no dejarse llevar solo por emociones.
Frente a todo esto, la pregunta inicial debe retarnos. Tal vez el periodismo no ha muerto. Tal vez lo que está en juego es si como sociedad estamos dispuestos a reconocer su valor, defenderlo y exigirle calidad.
Porque sin información confiable no hay ciudadanía crítica. Y sin ciudadanía crítica, la democracia pierde sentido.
Entonces, la pregunta clave es: ¿quién gana cuando el periodismo pierde? Y una más: ¿qué vamos a hacer al respecto?
Néstor Estévez.
nestorestevez.com

