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Yihadistas evacuados de Guta con sus familias ocupan las calles abandonadas de Afrin

Publicado el 17/07/2018

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Yihadistas evacuados de Guta con sus familias ocupan las calles abandonadas de Afrin

Al señor Mohamed, impecable a sus 76 años, nada ni nadie ha podido sacarlo de su cubículo de Afrin. Allí tiene a la venta cinco frascos de miel clara y otros dos de miel oscura, a la que atribuye gestualmente virtudes afrodisíacas. Tras sobrevivir a los seis años del YPG/PYD/PKK (tres siglas, una guerrilla kurda) y luego a los bombardeos turcos, Mohamed se queda. Pero a su alrededor todo ha cambiado desde mediados de marzo, con la toma de la ciudad por parte de las Fuerzas Armadas de Turquía y sus inquietantes protegidos del Ejército Sirio Libre, abrumadoramente árabes.

Mohamed, de camisa planchada en tiempos de guerra, es kurdo, como lo eran la mayoría de sus vecinos antes de que abandonaran la ciudad –130.000 como un solo hombre– tras ocho semanas de estrechamiento del cerco. En medio de ellos huyeron los guerrilleros del YPG, la filial siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Aquellos, claro está, que no cayeron en combate: “Cinco mil”, aventura el señor Mohamed, llevándose la mano al gaznate. Y por si no quedara claro, los remata tableteando despacio: “Ta, ta, ta, ta, ta…”.

La tienducha de Mohamed está frente a una casona de piedra, ahora vacía, donde “vivían kurdos”. Justo detrás se levanta un edificio con el cemento casi fresco, donde se aloja una pequeña parte de sus 22.000 nuevos vecinos. “Árabes, de Guta”, dice, en referencia al enclave cercano a Damasco donde los yihadistas y sus familias lograron repeler durante años los proyectiles y hasta los gases de Bashar el Asad.

En la destartalada calle principal, otro hombre mayor, árabe, se confiesa frente a lo que ahora es su pollería: “Somos de Duma y cuando El Asad se marche, allí volveremos”. Cuando se le pregunta si tiene hijos en alguna milicia, antes de que pueda contestar que sí, el traductor protesta: “No son milicias ¡Es el Ejército Libre Sirio!”.

En Afrin el sheriff vuelve a ser turco –como lo fue durante siglos– con el beneplácito de los rusos

En tierra de girasoles, Afrin es una fea metástasis urbana, desangelada y sin historia. El polvo y la tensión armada flotan en el aire como en un poblado del Lejano Oeste, pero con ley seca. Que nadie dude que el sheriff vuelve a ser turco –como lo fue durante siglos– aunque el alguacil y el sepulturero puedan ser lugareños. El cielo, aunque parezca levantino, es en realidad de los rusos y sin su beneplácito Turquía no se habría atrevido a entrar en Afrin.

Como tampoco habría lanzado hace dos años la operación Escudo del Éufrates, precisamente para aislar Afrin de otros dos cantones bajo control kurdo. Aunque Turquía mantiene buenas relaciones con la Región Kurda de Irak, no quiere que el YPG replique la experiencia en Siria.

Afrin cuenta con su minúscula zona verde o segura, como si de Bagdad se tratara. Aunque tras los bloques de hormigón los militares sean de Turquía –a una hora en coche, algo que facilita la logística–.

Para llegar hay que atravesar varios controles. Primero, de los que antes caerían acribillados: los más jóvenes, desarrapados y ansiosos, que también son los peor armados. Después van los que presentan algún rastro de uniforme, los que van plenamente uniformados y bien armados y, finalmente, los soldados turcos. Hace pocos días, dos explosivos mataron a cinco milicianos frente a su cuartel y a cuatro civiles. Células durmientes.

Allí, en la zona verde, el edificio más sólido acoge el mando de la ocupación. En lo más alto del mástil ondea la bandera turca y, debajo, la de la resistencia siria. Más abajo, una placa dorada despeja su ubicación administrativa: “Gobernación de Hatay”, es decir, la limítrofe provincia turca de Antioquía. Ya al principio de la guerra, El Asad dejó caer Afrin en manos del PKK, guerrilla a la que su padre dio cobijo durante 15 años. Y este año no ha dispuesto tropas en la frontera, como le imploraban los kurdos. Seguramente porque Rusia prefiere exacerbar las diferencias entre Ankara y Washington. Cabe decir que EE.UU. ha armado a los guerrilleros vinculados al PKK contra el Estado Islámico, aun considerando al PKK organización terrorista. Los kurdos, 7% de la población siria, ocupan ahora la cuarta parte del país, incluida la parte del león de sus recursos hídricos y de hidrocarburos. La disposición estadounidense a convertirlos en “fuerza fronteriza” fue la gota que precipitó la intervención turca en enero.

Hoy, en Azez, a pocos kilómetros, hay estafeta de correos turca. Mientras, Afrin sigue apareciendo como una ciudad fantasma más allá del centro. Pocos niños y muy pocas mujeres –sobre todo jóvenes– se ven por la calle. Algo directamente relacionado con la abundancia de mozos barbudos con fusiles. Si los turcos les ceden competencias policiales, como prometen, ninguna familia kurda en su sano juicio volverá a su ciudad.

En la vía más concurrida, cerrada al tránsito, hay baklavas desteñidas y pollos al borde de la extenuación. Otros, ya asados, cuestan 25 liras turcas, 4,5 euros. Los refrescos vienen de Turquía, como el dinero. Aunque cierto tendero rechaza las liras, subrayando su condición de “árabe, árabe” y dando la lata gratis con un agitado apretón de manos.

En la lejanía, barrios enteros parecen abandonados. Casi todos los coches circulan sin matrícula. Y un par, por lo menos, con grandes fotos en la luna trasera de Sadam Husein, el dictador suní que gaseó a sus kurdos. Cabe decir que el encarcelado fundador del PKK, Abdulah Öcalan, en sus años de huésped de Damasco negaba que en Siria hubiera kurdos. Lo que no ha impedido que su retrato fuera omnipresente en Afrin, junto a las banderas kurdas, hasta que se produjo la intervención turca.

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