Almudena Grandes y la poesía

Almudena Grandes y la poesía

José Mármol

Fue la última vez que la vi. Esperaba sentado en una mesa reservada en la terraza del Café Gijón, en el Paseo de la Castellana de Madrid. Llegué temprano y leía un ensayo de Byung-Chul Han cuyas páginas, apenas salidas de las prensas, todavía olían a tinta.

Llegó y dijo mi nombre. Levanté la mirada y me encontré con un rostro y un cuerpo marcados por la lucha contra una grave enfermedad. El timbre inconfundible de su voz, nadie me llamaba por “Jochy” como ella lo hacía, me hizo asegurarme de que se trataba, en efecto, de alguien que debía llegar a ese encuentro: Almudena Grandes.

Faltaban por llegar su esposo Luis García Montero, nuestro común amigo Chus Visor, y un colaborador de Luis en el Instituto Cervantes, que el vate granadino dirige con acierto y dedicación. Mientras los esperábamos, Almudena me relató sus meses de tratamiento que comprendían quimioterapias, dietas estrictas, medicación severa, entre otros. Se preparaba para una próxima cirugía.

Era mayo de 2021 y la pandemia de la Covid-19 seguía causando estragos. No podía disimular mi sorpresa y desconcierto ante lo que me explicaba.

Ella me arropó con su característica ternura y su exquisita manera de contar historias. Llegaron luego los demás comensales y dejamos a un lado el tema. Hablamos, como siempre, de amistad, literatura, cultura y política. En su columna de los lunes del diario El País, fechada el 10 de octubre de 2021, confesó a sus lectores y al mundo que “peleaba” contra el cáncer. Había nacido en Madrid, el 7 de mayo de 1960. Murió en su entrañable ciudad de origen, el 27 de noviembre de 2021.

Me había resistido a escribir en torno a su partida usando palabras de una lengua que ella manejó con singular maestría, que enriqueció en sus novelas, ensayos y artículos, para gloria y goce de Cervantes, y para deleite de su vasta legión de lectores.

Sin embargo, la publicación del poemario “Un año y tres meses” (Tusquets, Barcelona, 2022), de su amado esposo Luis, con quien compartió matrimonio por casi tres décadas, libro que leí de un tirón en un vuelo de retorno desde Madrid, me dio las fuerzas necesarias para expresarme en torno al dolor y la herida de su vacío. Quise desafiar los límites de la aflicción.

El poeta se armó de valor para escribir, más allá de la angustia y la desesperanza, y afincado en el amor y la entrega, acerca del acompañamiento y cuidado que dispensó a su mujer, desde la enfermedad y la batalla hasta su último suspiro, quince meses después.

Estas palabras, sumidas en la niebla y la luz de la poesía, reúnen un hermoso testimonio de profundo afecto, admiración, complicidad, ilusiones, derrotas y vidas compartidas. Hay en los poemas serenidad y rabia (“la muerte es miserable”), contención y duelo (“Hablo de una experiencia de la muerte/ de la que no querría despertarme”), amargo optimismo (“Trato de combatir una vez más/ con molinos de viento”), evocación y nostalgias (“Un mundo extraño para consolarme/ con una vida eterna que no es vida”), que hacen del libro una ofrenda póstuma al ser amado, dueño de una incomparable belleza expresiva.

Con esta historia de amor, Luis despide a su inolvidable Almudena. Sin embargo, el encuentro con los textos invita al lector a un redescubrimiento de aquel ser, presumiblemente arrojado a la muerte, pero en realidad, eternizado en el humanismo de sus personajes y en las dramáticas atmósferas de sus relatos de ficción y sus luchas sociales. Poemas, escribe Luis, acerca de unos “días finales que ya son/ ahora, recordados,/ los más felices de mi vida.”

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