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Roma y el mundo se levantan hoy sin la presencia del papa Francisco, en este primer domingo después de su fallecimiento y el día posterior a su funeral.
Los protocolos vaticanos relacionados con los fallecimientos de los papas se han seguido con tal rigor a lo largo de los siglos que resulta complicado imaginar que algo quede a la improvisación. Sin embargo, así es: durante el periodo de Sede Vacante, la iglesia —con el voto de sus cardenales— se ve ahora obligada a definir el camino a seguir para su futuro y el contexto actual, sin importar las demandas del público en la plaza o de los poderosos del mundo.
Existen numerosas cuestiones pendientes, como la gestión estricta frente a los abusos, un mayor involucramiento de la mujer en la toma de decisiones, la lucha contra la corrupción en las finanzas del Vaticano, y una actitud más abierta hacia la comunidad homosexual y LGTBI.
En esta ocasión, la actualidad y las exigencias apremiantes de los líderes han penetrado en el corazón de la tradición eclesiástica milenaria en uno de los momentos más solemnes del catolicismo: el pontífice argentino y su despedida, acompañados por 400. 000 personas —según las estimaciones más recientes—, estarán unidas en el imaginario colectivo a esa ‘minicumbre’ diplomática que ha facilitado su enterramiento y que ha reunido, en dos simples sillas, a Zelenski y Trump en busca de soluciones para la guerra en Ucrania.
Francisco buscó incansablemente la paz, como recordó el cardenal Giovanni Battista Re durante sus exequias, pero nunca sabremos si habría considerado un milagro o si habría desaprobado que la política se adentrara en la basílica de San Pedro.
Su fallecimiento representa una pausa en un camino que la iglesia ahora deberá decidir si continuar o desviar: habrá que aguardar para conocer quién de entre sus críticos y seguidores se erige como su sucesor. En las apuestas figuran muchos nombres, desde Luis Antonio Tagle, apodado ‘el Francisco de Asia’, hasta Gherard Ludwig Müller, quien ha afirmado en días recientes que con Francisco se cierra una era y que “existen opiniones diversas”.
El cardenal Reinhard Marx, de 71 años, relataba a la prensa internacional que el temor a un cisma se ha podido desmentir con claridad en estos días. “La reacción tras su muerte muestra otra perspectiva. En estos días se ha evidenciado el sentir del pueblo de Dios. Ciertos grupos pueden percibir una Iglesia dividida, pero la mayoría dice: no es cierto. Así es como opera el cristianismo. Y los cardenales no pueden pasar por alto este sentimiento”.
“Sentimos tanto inquietud como esperanza. Deseamos que podamos elegir a una figura que continúe la huella profunda y evangélica que nos dejó el papa Francisco, la cual aboga por el diálogo y la misericordia,” afirmaba el arzobispo de Córdoba, Ángel Sixto Rossi, mientras caminaba por las calles cercanas al Vaticano.
Desde luego, Bergoglio generó numerosas enemistades dentro de la curia debido a sus intentos de reforma, tales como la inclusión de mujeres en el sacerdocio y la bendición de parejas del mismo sexo. Aunque abordó estos temas y los llevó a los sínodos —una especie de reunión o asamblea de la institución— para su discusión en la iglesia, aún no se han llegado a conclusiones definitivas.

