Temblor en el vacío

José Mármol

De ordinario, cuando se piensa en la juventud dominicana de hoy día, ese pensamiento, desde la perspectiva de los gustos artísticos, musicales, literarios, estéticos, si los hubiere, suele ser asaltado por expresiones asociadas a ritmos musicales, letras de canciones, libros mediocres y posturas artísticas absolutamente disonantes respecto de las tradiciones, en ocasiones, quizás demasiadas, gratuitamente reñidas con los códigos morales convencionales y las preferencias por lo clásico o culto, para promover una concepción cultural urbana que simplifica lo popular como sinónimo de lo provocador, disoluto, degradante, abominable, pero comercialmente exitoso.

Difícilmente ese fenómeno hubiese tenido lugar sin el apogeo del medio digital y sin el choque entre una avasallante sociedad “online”, hipermoderna e hiperconectada, presa de las “reses”, perdón, redes sociales, que atrinchera y pone contra el muro de la disolución la sociedad “offline” y su cosmovisión, su urdimbre de valores éticos y su concepto general de la cultura en sus distintas manifestaciones, aunque fueran eventualmente cuestionables. Esto existe, pero no lo es todo.

La Colección Egro de Literatura Dominicana Contemporánea, creada en 1985, acaba de publicar la opera prima del joven poeta Nicolás Bera (Santo Domingo, 1993), titulada “Temblor en el vacío” (Búho, 2021), por considerarla provista de una poesía madura, de singular profundidad y de exquisita belleza expresiva; capaz de transformar el dolor en gozo, el desaliento en ilusión, una herida en esperanza.

Su tono, a veces letaníaco, a veces hímnico, de momento tierno y otras veces tan hosco que parece brotar del tedio, evoca las voces de los grandes maestros de la poesía de habla hispana, como también la hondura conceptual de escritores y pensadores de estatura universal; también, la hermosura y trascendencia de la obra de músicos y compositores inmortales. En su sintaxis límpida, rítmica, de vivencial calado, palpitan Shakespeare, Vallejo, Neruda, Brecht, Proust, Nietzsche, Unamuno y Wittgenstein; pero también, Shostakóvich, Dvorák y Edvard Grieg, entre otros.

El poemario evidencia un temprano, pero vasto dominio del lenguaje, primer compromiso de un artífice de la palabra, como también un repertorio temático revelador de una exquisita sensibilidad, y más aun, de una particular forma de abordaje de la complejidad existencial del tiempo presente y los desafíos del mundo actual, para un individuo cada vez más desprovisto de recursos que le permitan, como de hecho aspira, reencontrarse con la belleza de la naturaleza y consigo mismo; o bien, abrirse sin reparos al otro en la aventura del amor.

La destacada poeta y ensayista Soledad Álvarez ha expresado que en este primer poemario Nicolás Bera reivindica la esencia humana, verbal y pensante de la poesía, recuperando además, el poder de la belleza y el misterio de la creación, frente a la desolación y la orfandad del hombre contemporáneo, y más aun, cuando algunos auguran la muerte de la poesía o su expulsión del poema, en exaltación de una posmodernidad vacía y un culto al imperio de la tecnología.

Versos inquisidores y de singular factura, en líneas sueltas o en bloque, sustentan la arquitectura de este poemario. Como muestra, unas líneas: “Llega más descargado quien asume su sombra” (Reencuentro); “¿Por que´ estoy de pie perdido en lo que no tengo?” (Reincidencia); “Es diciembre,/ y mi corazón se encuadra como un ábaco./ Es diciembre y mi corazón se truena./ Late con seriedad y con miedo a las alturas./ Es frágil y es lamento que se puede caer” (Escritura); “si tu´ pudieras quebrarte como una ola,/ espérame en la espuma” (6); “Momento de color verde oscuro y de color te amo” (IV).

Cuando leí este libro, cobró fuerzas en mí, nuevamente, la esperanza de contar, en el futuro próximo, con voces trascendentes en la poesía dominicana. Enhorabuena.

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