Transfusión ética

Por Andres Terrero

La corrupción es un mal que afecta a todos los pueblos, sin importar su nivel de controles, de desarrollo o sistema de gobierno, sean estos democráticos o dictatoriales. En unos pudiera ser mitigada más que en otros, pero en ninguno erradicada.

Incluso, hay regímenes dictatoriales cuyo régimen de consecuencia incluye la muerte de los corruptos y pudiéramos pensar entonces que en esos países no habrá más corrupción; pero no es así, pues frecuentemente vemos los anuncios de ejecuciones de empleados y funcionarios civiles y militares.

La corrupción es transversal y, por demás, regularmente de doble vía. Es por eso que, por lo general, la corrupción se convierte en colusión; por la combinación entre partes de ambos sectores, gubernamental y privado.

Sin embargo, la corrupción administrativa privada casi pasa desapercibida y en la generalidad no se consideran como actos que debieran ser llevados a la justicia por indicios de responsabilidades penales; sino que se llega a arreglos entre las partes, salvo sus excepciones, muchas veces para evitar un riesgo de reputación a la empresa envuelta en dicho escándalo. A menudo, las empresas o grupos privados mantienen pólizas de seguros de fidelidad que permiten recuperar los daños o desfalcos sufridos.

Por otro lado, cuando se trata de un acto de corrupción pública se debe documentar adecuadamente, apoderar al Ministerio Público y, posteriormente, por la evaluación de las pruebas, someter a la justicia ordinaria o privilegiada, según aplique.

Sin embargo, el tema de la corrupción pública es que los ciudadanos no creen en las políticas de prevención o de detección, debido a que la percepción es más fuerte que la realidad. La gente percibe que no hay sanciones, o que no hay personas apresadas o condenadas y concluyen en que hay impunidad.

La corrupción, según la Real Academia de la Lengua es la “práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”; por lo que si hacemos una revisión de las diferentes áreas en donde hemos visto corrupción quizás nos sorprendamos:

Corrupción en los deportes: dopaje, corchos en bates, bolas con vaselina, robo de señas, sobornos para conseguir: sedes para eventos mundiales o regionales, pertenecer a determinada directiva, la manipulación de partidos o de competiciones deportivas. Destacándose los casos de la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) y la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), entre muchas más.

A raíz de todos estos problemas, un grupo de expertos generó una versión de los Principios del Buen Gobierno en el Deporte y los definen como: “El marco y la cultura dentro del cual una entidad deportiva establece las políticas, desarrolla sus objetivos estratégicos, se implica con las partes interesadas, controla el rendimiento, evalúa y maneja los riesgos e informa a sus miembros de sus actividades y progreso, incluyendo la entrega de políticas y regulaciones deportivas eficaces, sostenibles y equilibradas”.

Corrupción empresarial: la evasión fiscal recurrente del empresariado. Casos: Enron, Bolsa de Valores de Estados Unidos, Embraer, Hydro-Quebec, Petrobras y las offshore, Siemens en Grecia, famosos bufetes de abogados, grandes bancos internacionales, bancos locales-2003 y Odebrecht.

Corrupción en el Magisterio: Cobrar por pasar un examen o por entregar el propio examen, pasar un examen por placeres sexuales, entre otros.

Si seguimos enumerando casos no terminaremos este artículo. Pudiéramos pensar que todos, de una forma u otra, estamos acechando al otro para ver de qué forma le quitamos algo, aunque no tenga valor material; tal vez estemos frente a un asunto de delinquir automático, quizás inconsciente.

Este flagelo de la corrupción viene con la creación de la humanidad, ya que desde antes de Cristo se hablaba sobre este mal. El profeta Isaías ya aseguraba en el siglo VIII a. C. que “el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre y cierra sus ojos para no ver el mal, ese morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las peñas y tendrá agua segura”.

El Deuteronomio, otro de los grandes libros del Antiguo Testamento, muestra referencias claras: “No torcerás el derecho, no harás acepción de personas, no aceptarás soborno, porque el soborno cierra los ojos de los sabios y corrompe las palabras de los justos” y también dice “maldito quien acepte soborno para quitar la vida a un inocente”, DT 27,25.

El decimoctavo presidente de la República Dominicana, Ulises Francisco Espaillat, ha sido considerado como uno de los políticos más honestos y cándidos, en cuyo nombre se celebra el Día Nacional de la Ética en la República Dominicana. Sin embargo, a los siete meses de su mandato se vio obligado a renunciar por presiones de sus contrarios e incluso de amigos cercanos, y en su carta de renuncia dijo:

“Yo creí de buena fe que lo que más aquejaba a la sociedad de mi país era la sed de justicia, y desde mi advenimiento al poder procuré ir apagando esa sed eminentemente moral y regeneradora. Pero otra sed aún más terrible la devora: la sed de oro”.

El profesor Juan Bosch, presidente de la República Dominicana (1963), considerado uno de los políticos más honestos y uno de los más preclaros escritores de Latinoamérica, enfrentó sectores muy poderosos: la Iglesia católica, los industriales y Estados Unidos, estos últimos temían que tendrían un nuevo Fidel Castro en la región. Quizás el principal temor era a su inflexibilidad contra el delito, la corrupción y cualquier actividad ilícita. A los siete meses fue derrocado, para desgracia de la República Dominicana.

Entendemos que los corruptos son muchísimos menos que los transparentes; sin embargo, su daño es tan grande que afecta transversalmente a todos, por su impacto en casi todas las áreas de la economía. Es por eso que los no corruptos tenemos que unirnos contra esa mala práctica, no importa de dónde venga ni quién la guíe. Tenemos que hacer esfuerzos desde el hogar, en las escuelas, en las iglesias, en los trabajos, en los deportes, en fin, en todas las instancias de nuestra sociedad.

Lo ideal sería que pudiéramos inventarnos una fórmula para hacer transfusión ética a los humanos en lugar de transfusión sanguínea, quizás de esta forma pudiéramos tener mejores ciudadanos y mejores naciones. Y ayudaría aún más que esa transfusión ética viniera inculcada en nuestros genes, que se transmitan genéticamente los valores y principios morales a cada uno de nosotros, para que los nuevos ciudadanos vengan inmunes y blindados contra la corrupción, pero eso es una quimera.

El autor es Ex Presidente de la Cámara de Cuentas de la República Dominicana y es Contador Público Autorizado, Experto Anti-Lavado de Dinero

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *