‘Kukris’ para la desnuclearización

‘Kukris’ para la desnuclearización

Son discretos y su presencia acostumbra a pasar bastante desapercibida en Singapur, pero para esta ocasión las autoridades de la ciudad Estado asiática no han dudado en movilizarlos. Los gurkas, una de las etnias guerreras más feroces del planeta, forman parte del contingente de élite destinado a proteger la cumbre.

Son un colectivo reducido, pero muy respetado en Singapur. No llegan a los 2.000 miembros, de los 15.000 que integran la policía local, pero constituyen el núcleo de las fuerzas especiales de esta ciudad estado. Un cuerpo destinado a la lucha antiterrorista y a la protección de personalidades, entre otras misiones. Les distinguen sus armas de precisión más avanzadas y su inseparable kukri, un enorme cuchillo curvo de unos 30 centímetros de largo que es su tradicional arma de combate. El kukri, según la tradición, debe derramar sangre cada vez que es desenfundado.

Ahora no lo desenvainan nunca, pero su valentía y su capacidad de lucha impulsaron al ejército británico, en el siglo XIX, a reclutarlos para que defendieran su bandera y sus colonias. Desde entonces han participado en innumerables conflictos bélicos. Combatieron en las dos guerras mundiales, en las Malvinas y más recientemente en Afganistán, y hoy aún sirven en los ejércitos del Reino Unido, India y Nepal, además de Brunéi y Singapur.

El encuentro entre el presidente de Estados Unidos y el líder de Corea del Norte los ha sacado de sus cuarteles en Singapur. Se encargarán de asegurar los hoteles donde se hospedarán los dos dirigentes y sus delegaciones, así como todo el perímetro de seguridad en cuyo interior se desarrollará la cumbre. “Son de lo mejor que puede ofrecer Singapur”, dijo recientemente de ellos Tim Huxley, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.

Su reconocida fiereza, sin embargo, no está reñida con su neutralidad a la hora de actuar. Un principio que hace que las autoridades locales recurran a ellos cuando se trata de afrontar acontecimientos especiales como esta cumbre o momentos de tensión social, como los graves disturbios que se registraron en el barrio de Little India en el 2013, que terminaron con una veintena de heridos y decenas de detenidos.

En una sociedad multiétnica como la de Singapur, con colectivos indios, árabes y chinos, los gurkas son respetados por su imparcialidad. “Son resistentes, vigilantes y firmes” y operan “en todo el abanico de operaciones paramilitares para ayudar a salvaguardar Singapur”, señala la página web de la policía.

Pero estos integrantes de las fuerzas policiales importados por los británicos en 1949 en sustitución del contingente sij no tienen una vida fácil en Singapur. Habitan con sus familias en las afueras de la ciudad, en un enclave llamado Mount Vernon Camp, al que los singapurenses no pueden acceder. Y las autoridades tampoco les per­miten mezclarse con la población local, en aras de la imparcialidad.

Sus condiciones de permanencia en la ciudad Estado son asimismo muy estrictas. Los reclutas que llegan de Nepal pueden viajar con su esposa e hijos o casarse con una nepalí, pero tienen prohibido con­traer matrimonio con una mujer de Singapur. Y a la edad de 45 años deben retirarse de la policía y regresar a Nepal con su familia. Sus hijos también deberán abandonar la ciudad al cumplir los 21 años, a menos que se apunten al cuerpo policial.

Los gurkas, no obstante, ven con buenos ojos la posibilidad de engrosar las filas de las fuerzas del orden de Singapur y sus cuerpos de operaciones especiales. Un trabajo por el que cobran alrededor de 4.500 dólares singapurenses (algo más de 2.800 euros), en un ciudad ultramoderna donde el salario medio es de algo más de 4.000 dólares (2.500 euros), un sueldo inalcanzable en su país de origen y que les permite ahorrar para su vuelta a Nepal.

Pero no tienen fácil acceder a alguna de las cien plazas que cada año les reservan las autoridades en la policía. Los criterios de selección son muy estrictos. El aspirante debe superar varias pruebas. La más dura, recorrer cinco kilómetros cuesta arriba en menos de 48 minutos con una cesta de mimbre cargada con 25 kilos de peso. Un ejercicio mucho más duro pero menos comprometido que proteger la integridad de dos líderes que discutirán sobre la seguridad del planeta.

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