May accede a compartir el poder final sobre el Brexit con el Parlamento

May accede a compartir el poder final sobre el Brexit con el Parlamento

El Brexit está resultando ser un toro de Miura, que resiste las pullas de picadores y banderilleros (los partidarios de la permanencia en Europa, los disidentes conservadores, la oposición, Irlanda, la Unión Europea…). Sangriento y tambaleante, sin esconderse nunca, sigue arremetiendo contra el capote y avanzando hacia su hora de la verdad.

Ayer recibió otro par de estocadas. Primero la dimisión del secretario de Estado para Justicia, Philip Lee, un europeísta tory que quiso desmarcarse de la disciplina de partido para hablar con libertad en la Cámara de los Comunes durante el debate de las enmiendas a la llamada ley para la Salida de Europa. Y luego, la muy importante concesión que tuvo que hacer la primera ministra, Theresa May, para impedir in extremis una humillante derrota parlamentaria que habría puesto palos en las ruedas del Brexit, y tal vez hecho caer su Administración.

El resultado en el marcador dice que el Gobierno ha ganado por goleada, y derrotado todas y cada una de las catorce enmiendas aprobadas por los Lores para suavizar el Brexit y hacer que parezca lo menos Brexit posible. Pero es engañoso, porque en realidad ha tenido que ceder ante los disidentes, admitir que una salida de Europa dando un portazo, sin algún tipo de acuerdo, es imposible, y que los diputados tendrán la última palabra sobre el resultado de las bloqueadas negociaciones con Bruselas.

El contenido exacto de la concesión no estaba claro del todo anoche, pero básicamente consiste en entregar a la Cámara de los Comunes una parte importante del control del proceso negociador si May no puede llegar a un acuerdo con la UE, o el acuerdo es derrotado en el Parlamento como insatisfactorio. El Gobierno, como forma de presión, quería que en ese escenario el Reino Unido apagase la luz y cerrase la puerta con estruendo. Ahora, los diputados dispondrán de una moción parlamentaria para decidir en un plazo de entre siete días y un mes qué se hace, si presentar otra propuesta a Bruselas, pedir una prórroga en el periodo de transición… Es una revolución en las formas que todavía se ha de concretar, pero ha hecho mucho daño en el número 10 de Downing Street.

Los números dicen que el Gobierno derrotó la enmienda de los Lores por 324 votos a 298, con tan sólo dos rebeldes destacados, el exministro Kenneth Clarke y la exsecretaria de Estado Anne Soubry. Para ello, sin embargo, tuvo que abandonar su pretensión de que el Ejecutivo detentara el poder absoluto sobre el proceso del Brexit, relegando al Parlamento a una especie de coro entusiasta de iglesia baptista o presbiteriana, diciendo a todo que olé y alabado sea el Señor. Pero en un país con clara división de poderes, ese plan no ha colado, a pesar de denunciar a los reticentes a la salida de Europa como enemigos del pueblo, y amenazar con el Apocalipsis si los deseos de los halcones eran cuestionados. Ni siquiera el Libro de las Revelaciones (19.13, versículo 18) es tan catastrofista cuando atribuye el número 6 al diablo y pronostica la llegada del Anticristo.

El ministro del Brexit, David Davis, puso en marcha el debate parlamentario donde May lo había dejado el día anterior, instando a votar del lado del Gobierno para no erosionar su fuerza negociadora con Bruselas (suponiendo que la tenga, que es mucho suponer) antes de la reunión del Consejo Europeo prevista para finales del mes en curso, en la que o bien se dará un empujón a las negociaciones, o bien todo quedará en suspenso hasta después del verano. Las intervenciones fueron apasionadas, de ambos lados de la barrera, con los europeístas acusando de fanáticos a los partidarios de la ruptura por las bravas, y estos acusando a sus rivales poco menos que de traidores a la patria y agentes encubiertos de Bruselas.

La primera ministra tomó el pulso de la rebelión, y vio que fácilmente podía perder ante una coalición de laboristas proeuropeos, nacionalistas escoceses y galeses, liberales demócratas y más de una docena de disidentes tories. Antes que correr el riesgo –que podría haber hecho descarrilar el Brexit y provocado una moción de censura y tal vez elecciones generales–, May se arrugó, convocó en su despacho a los rebeldes, y les ofreció un trato: votar en contra de la enmienda de los Lores a cambio de que ejecutivo y legislativo compartan como buenos hermanos el poder de determinar el rumbo del Brexit si las negociaciones con la UE se encallan o el acuerdo final es derrotado en el Parlamento. Los detalles vendrán más adelante, y cada bando proclamará que es el ganador claro del pulso.

Si fuera una matadora, Theresa May, debilitada y con escaso margen de maniobra, miraría con horror al torito bravo de un Brexit que está dispuesto a llevarse a más de uno por delante.

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