Paz con el enemigo, guerra al amigo

Paz con el enemigo, guerra al amigo

La normalidad con que Donald Trump ha emprendido su –hasta ahora– más arriesgada apuesta diplomática sentándose cara a cara con Kim Jong Un encaja a la perfección con su conocido desdén por la diplomacia tradicional y su inmensa confianza en sí mismo, pero choca de lleno con sus afiladas críticas a Barack Obama por su predisposición a hablar con Irán, Venezuela o la propia Corea del Norte para resolver sus diferencias. “No negocias pactos con tus amigos, negocias con tus enemigos”, replicó el presidente demócrata en una entrevista en el 2015, cuando los mismos que hoy aplauden la audacia de Trump le machacaban por insensato.

Lo que sorprende, sin embargo, no es tanto que Trump busque la paz con el enemigo sino que al mismo tiempo declare la guerra (comercial) a países amigos. Que trate de “honorable” al dictador norcoreano y tilde de “deshonesto y débil” al primer ministro de Canadá, un país hermano.

O que admire y pelotee a los autócratas del planeta mientras ningunea a los líderes de las potencias democráticas y pisotea instituciones que los políticos de Estados Unidos, republicanos o demócratas, han levantado durante décadas. La nación indispensable –excepcional en el imaginario colectivo estadounidense– ha decidido no sólo replegarse sino dinamitar toda esa herencia.

En el mundo de Trump hay una lógica entre el portazo al G-7 y las negociaciones con Kim Jong Un

En el mundo de Trump hay una lógica en todos estos pasos. Colaboradores del presidente han dicho que su enfado con el líder canadiense, Justin Trudeau, se debe a la afrenta que supuso, a su modo de ver, que al final del G-7 dijera que Canadá no se dejará “faltar al respeto” y responderá a la ofensiva arancelaria de EE.UU. imponiendo aranceles a ciertos productos estadounidenses. Nada nuevo, todo se había dicho antes. Pero es “deshonesto” hacerle parecer débil a horas antes de reunirse con Kim, según su asesor económico, Larry Kudlow. Con su portazo al G-7, renegando de su comunicado final vía Twitter horas después de firmarlo, Trump puede querer enviar una señal de dureza a Kim. Mientras los frutos de la cumbre con el líder norcoreano pueden tardar tiempo en verse, el presidente estadounidense deja tras de sí muchos platos rotos.

Negociando en el G-7 con Estados Unidos, Europa y Japón, Trudeau no sólo trataba de salvar su cumbre sino que ejercía el papel tradicional de mediador cordial y amistoso tradicional de su país. A menudo criticado en casa por su afición a las selfies, sus calcetines de colores y su permanente exhibición pública, Canadá se ha unido en torno a su primer ministro.

“Es aleccionador y un poco deprimente”, admitió la canciller alemana, Angela Merkel, en una entrevista con la cadena ARD después de que Trump renegara vía Twitter del comunicado final del G-7, decepcionada porque el presidente estadounidense “no cree” en que es posible llegar a acuerdos que favorezcan a todos. “No pienso que el lenguaje incendiario ayude”, añadió Merkel; “ya he dicho que es una experiencia aleccionadora, ya es mucho para mí”.

Merkel ha reiterado que la UE, como van a hacer Canadá y México, responderá a los aranceles estadounidenses a su acero y aluminio con recargas equivalente a la importación de ciertos productos estadounidenses estratégicamente elegidos en estados republicanos con la esperanza de que presionen a Trump para frenar la disputa. “Compañeros republicanos, esto no es quienes somos. Esto no puede ser nuestro partido”, tuiteó el senador Jeff Flakes tras leer que el consejero comercial de Trump, Peter Navarro, quiere “un lugar especial en el infierno” para Trudeau. A la espera de que la política y la negociación releve a los duelos tuiteros y la diplomacia espectáculo, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, desea al canadiense “un lugar en el cielo”.

El viejo Trudeau también enfadó a EE.UU.

La familia Trudeau tiene una capacidad especial para fastidiar a los presidentes de Estados Unidos. Cuando quien gobernaba Canadá era el padre del actual primer ministro, Pierre Trudeau, también hubo roces, pero ni la falta de sintonía personal tenía la importancia que ahora le da Donald Trump ni llevaba a Washington a cuestionar las bases de las relaciones entre países como ocurre hoy. Unas grabaciones revelaron que Richard Nixon lo había llamado “estúpido” y “lumbreras” tras una discusión sobre comercio. Cuando se enteró, Trudeau no se lo tomó mal: “Me han llamado cosas peores”, dijo años después. A Ronald Reagan al principio le cayó bien –“Me gustaba”, escribió en sus memorias tras su primer encuentro–, pero enseguida se hartó de su estilo sabihondo. En una cumbre en Londres en 1984 se acercó a Margaret Thatcher para decirle que no merecía que Trudeau le hablara así. “Una mujer sabe cuando un hombre está siendo infantil”, replicó esta.

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